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Escribe
Pbro. Luis M. Ocampo
Vicepresidente de CARITAS
BENEDICTO
XVI |
La elección de J. Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II no ha revelado la continuidad de una manera, de uno de los dos modelos diferentes de ser Iglesia. Históricamente ambos modelos o tendencias al interior de la Iglesia han confrontado con espíritu evangélico en la reflexión teológica, en los Concilios y Sínodos, otras veces los han hecho con pasión y violencia. Largo sería enumerar en estos 2000 años la permanencia de esta “tensión”.
El Obispo brasilero Casaldáliga nos decía hace pocos días que “el Espíritu Santo tiene dos alas: el ala derecha que es más de la contemplación, la intimidad y la ortodoxia, y el ala izquierda que es más de la profecía y del compromiso de la liberación. Hay que salvar las dos alas del Espíritu Santo para que no vuele manco. Porque la Iglesia es mas que un papa y el Reino de Dios, más que la Iglesia.”
Es así que la elección de Benedicto XVI, no genera gran expectativa de cambios entre los muchos cristianos y cristianas que buscan comunidad y cercanía, profecía y una Iglesia que acompañe los senderos de la humanidad con más humildad y pobreza.
Por otra parte me parece que no hemos de quedarnos sentados esperando que el Papa cambie las cosas, eludiendo así nuestro compromiso bautismal y profético de construir la historia según el Evangelio de Jesús de Nazareth.
Algunos presupuestos básicos nos pueden dar una pista por dónde caminar.
Primero: Una espiritualidad que continúe el camino abierto por los grandes testigos de la fe en América Latina: Arnulfo Romero, Pedro Casaldáliga, Helder Cámara, Enrique Angelelli, Jaime de Nevares, y de tantas mujeres teólogas, catequistas y promotoras de la vida.
Segundo: Fidelidad al rumbo abierto por las Conferencias Episcopales de Medellín, Puebla y Santo Domingo que expresan una irrestricta fidelidad al Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) que entre otros temas nos plantearon: la Iglesia como Pueblo de Dios; la Colegialidad Episcopal; la Sagrada Escritura como fundamento de la Iglesia y alma de la teología; la autonomía de lo temporal frente a la Iglesia; una clara y profética opción por los pobres; las Comunidades eclesiales de Base; la inculturación de la Liturgia; el protagonismo de la mujer; el diálogo inter-religioso; etc.
Tercero: Compromiso y decisión para auto-congregarse con aquellos cristianos que no sintiéndose parte hoy de este modelo de Iglesia, se van quedando en el camino heridos, decepcionados, o exiliados interiormente, o bien, se han replegado a su fe personal, cuando no han abandonado con tristeza la Iglesia. Sabiendo que “todos somos de la Casa de Dios, no tenemos porque sentirnos tristes, exiliados, ni huérfanos de la Iglesia.” (L. Boff)
Esta breve enumeración es suficiente para demostrar que es posible seguir en el surco, que otra Iglesia es posible y que tenemos la fuerza para construirlo, que oramos por Benedicto XVI porque creemos en la fuerza del Espíritu capaz de cambiar los corazones y porque nos anima la vocación de la unidad y del amor.
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